Un buen diseño de jardín no surge por casualidad: detrás de cada espacio armónico existe una serie de principios que aportan belleza, equilibrio y coherencia. Vamos a descubrir los más importantes, aquellos que sirven de base para crear jardines atractivos y funcionales. Más adelante profundizaremos en otros conceptos igualmente interesantes.
1. Unidad
La unidad es el principio que consigue que todas las partes del jardín se perciban como un conjunto coherente. Existe una relación visual y funcional entre cada elemento y el espacio total, de manera que todo trabaja en armonía para transmitir una misma sensación.
Un jardín con unidad no parece una suma de elementos aislados, sino una composición integrada donde plantas, materiales, formas y colores dialogan entre sí creando una experiencia equilibrada y agradable.
2. Proporción
La proporción hace referencia a la relación entre el tamaño de los distintos elementos y el espacio que ocupan. Gracias a ella se logra equilibrio visual, armonía y sensación de orden.
En paisajismo, la proporción ayuda a que cada componente encuentre su lugar adecuado dentro de la composición: desde la altura de los árboles hasta el tamaño de los caminos, las masas vegetales o los elementos decorativos. Esta relación armónica puede establecerse entre los elementos y el conjunto, o entre los propios elementos entre sí.
Además de ordenar visualmente el jardín, la proporción también dirige la mirada, crea profundidad y aporta determinadas emociones o sensaciones. Incluso puede modificarse intencionadamente para reforzar un estilo o transmitir un mensaje concreto, tal y como ha ocurrido a lo largo de la historia del arte y el diseño.
3. Equilibrio
El equilibrio se refiere a la manera en que los elementos del jardín se distribuyen visualmente para generar estabilidad y armonía.
En muchos casos se recurre a la simetría y al uso de ejes compositivos para conseguirlo, aunque también puede lograrse mediante composiciones más libres y naturales. Lo importante es que las distintas cualidades visuales se compensen entre sí.
Por ejemplo, cuando predominan las líneas rectas y formas rígidas, solemos sentir la necesidad de suavizar el espacio incorporando curvas y elementos más orgánicos. Y ocurre también al contrario: las líneas curvas pueden equilibrarse con detalles más estructurados y rectilíneos.
Este juego de contrastes aparece igualmente en el uso del color y las texturas, aspectos fundamentales de los que hablaremos más adelante.
Habitualmente, un diseño se apoya en un tipo de línea dominante, pero incorpora elementos opuestos que enriquecen y equilibran la composición. En ocasiones, esos elementos diferentes adquieren un protagonismo especial y se convierten en auténticos puntos focales capaces de captar la atención y dar personalidad al jardín.
